Espiritualidad

Espiritualidad del Carisma

En Madre Soledad, su identificación con Cristo fue tal, que llegó realmente a encarnarlo, siendo alma de oración y de intensa vida interior, no haciendo separación entre la vida de oración y la vida apostólica una verdadera contemplativa en la acción, cuidando a los enfermos, allí donde se encuentran, como dice el Papa Francisco, en las periferias existenciales del dolor, ya sea en los propios domicilios como en dispensarios, hospitales, etc., con humilde sencillez y espíritu de servicio, viendo a Cristo en cada uno de ellos, llevando su ternura y su misericordia a los más necesitados, compartiendo con ellos lo que tenía.

Abandonada plenamente a la Divina Providencia, emprende grandes empresas, todo para sacar a flote el naciente Instituto, sabiendo que en ello estaba en juego la gloria de Dios y un gran bien para la Iglesia. Decía con gran confianza: "La Congregación es obra de Dios. No, no puede morir, Dios mismo abrirá puertas de claridad… vendrán tiempos mejores".

Tenía a María como modelo, en su actitud al pie de la Cruz, donde aprende cómo estar o permanecer junto a esa cruz, que es el lecho del enfermo –santuario - donde Cristo se inmola místicamente y donde Madre Soledad desempeña el sacerdocio del dolor, colaborando de este modo con Cristo y María, en la salvación de los hombres.

Un rasgo específico propio del carisma es la asistencia prestada a  los enfermos en su domicilio particular, en una asistencia esmerada y gratuita, dada a cualquiera que tenga para pedirla, el título del dolor y de la necesidad; actividad apostólica que tiene una irradiación hacia los miembros de su hogar.

María y Madre Soledad se identifican en el carisma                     

Madre Soledad contaba con una Mujer excepcional para apoyo, sostén, alivio y Madre en su caminar, María bajo la advocación  de Nuestra Señora Salud de los Enfermos. Era su modelo, la llamaba su Madre, su consuelo, su alegría y con frecuencia repetía “Tengo puesta en María mi confianza”.

Madre Soledad encarnó el carisma dándole vida, con espíritu propio. Revestida de los mismos sentimientos de Cristo, vivió plenamente su consagración, siendo ejemplo vivo        para sus hijas, tanto a nivel personal como comunitario, tal como le correspondía a su misión de Fundadora y Madre; dócil al Espíritu, se dejó modelar por Él, creando así un          nuevo camino de espiritualidad y una escuela de santidad.

 El amor de Dios en nuestra Fundadora y su ejemplo de vida, debe transformarse en escuela constante para sus hijas, que nos anime a lograr una constante superación y   perseverar fielmente en el carisma recibido con la vocación de Siervas de María. El ejemplo luminoso de nuestra Santa Madre Fundadora nos enseña a orientar la propia vida,   hacia una intensa vida interior, basada en una singular experiencia de Dios y guiadas siempre por el Espíritu Santo, en fidelidad creciente y conversión diaria al amor.

 La actualidad de nuestro carisma hoy, la vemos reflejada en el discurso que nos dirigió el Santo Padre Juan Pablo II el 16 de febrero de 2001: “Aunque algunas circunstancias   hayan cambiado desde aquel momento, Cristo se sigue manifestándose hoy en tantos rostros que nos hablan de indigencia, de soledad, de dolor. Es necesario pues, mantener   un gran espíritu de oración, de intimidad con Dios, que dé vida a los gestos de servicio específico que desempañáis, pues «el Cristo descubierto en la contemplación, es el       mismo  que vive y sufre en los pobres». (Vita Consecrata, 82).

Por eso, ayer como hoy,  seguimos cogiendo en nuestras manos la antorcha del carisma que nos transmitió nuestra Fundadora: conociendo a fondo la experiencia de vida que tuvo Madre Soledad, extrayendo de sus cartas y testimonios de las hermanas contemporáneas los tesoros que en ello se encierran, adquiriendo el talante que ella tuvo, profundizando en las Constituciones, etc. Nos apremia el reflexionar, redescubrir y profundizar en el valor y dimensiones del carisma, para suscitar nuevo entusiasmo y amor a la riqueza que él contiene, porque, “descubrir las propias raíces y las propias opciones de espiritualidad abre caminos hacia el fututo” (Caminar desde Cristo, 20):                                             

 San Juan Pablo ll nos ha dicho:

“El carisma del que sois herederas os proyecta hacia un futuro en el que la Iglesia está llamada a continuar, pero hoy, quizás requiere mayor creatividad…

” (Discurso que nos dirigió el Santo Padre Juan Pablo II el 16 de febrero de 2001)

Divino Enfermo

10 Divino EnfermoExistió entre las Siervas de María, en tiempos de Madre Soledad, una práctica piadosa, símbolo de toda

su espiritualidad: el amor al Divino Enfermo. Los primitivos Reglamentos dejaron constancia de ello.

"En todas las enfermerías de la Congregación, habrá una imagen de talla y muy devota de N. S. Jesucristo con el título de El Divino Enfermo, colocada sobre un lecho modesto, pero decente; ora para que las Hermanas le recuerden y le adoren con frecuencia en las asistencias, ora para que las Novicias velen en ciertas noches ... ora para que nuestras enfermas lleven sus padecimientos con mayor fortaleza y mérito" (R. de 1873).

"Recuerden las Hermanas que los enfermos son imágenes vivas del Señor y sírvanles como al mismo Señor" .

"El Cristo de Madre Soledad es el Dios hecho hombre, humillado hasta la muerte y muerte de Cruz, pero además, es el Cristo vivo, viviente en su Iglesia, en los enfermos". (Con María junto a la Cruz del P. Pablo Panedas, OAR, 277).

Madre Soledad se había habituado a ver en cada persona al Hijo de Dios vivo, y sobre todo, en cada sufrimiento humano sentía palpitante al Cristo del Calvario.

Esto daba una especial ternura y misericordia a sus relaciones humanas, como rasgo del carisma que había recibido del Espíritu, y, para mejor transmitirlo a sus seguidoras, pidió al arte, le hiciera la imagen del "DIVINO ENFERMO".

Una imagen de Cristo sufriente cuya cruz es sustituida por un lecho y un rostro que nos habla de que no es sólo el dolor físico lo que destroza la vida sino que una vida se rompe, sobre todo, por esa carga de soledad, de incertidumbre y amargura que cada enfermedad trae consigo.
Para esta imagen hizo una habitación-oratorio en la enfermería. En ella pasaba Madre Soledad largas horas de contemplación traducidas luego en incansable actividad al servicio de todos.

Transida por el amor y la bondad de Dios contemplado ante el "Divino Enfermo" pasaba a atender a sus hijas enfermas y ancianas. Ellas apreciaban ese su especial cariño y bondad y comentaban: Ni nuestra misma madre nos habría cuidado mejor.

 

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