Domingo, 11 Noviembre 2018 13:06

¿Cómo y por qué se puede vivir de este modo?

Homilía de la Misa de clausura del Centenario de la muerte de la

Beata María Catalina Irigoyen.

Basílica de Santa María la Mayor,Homilía Card. Santos Abril 10 10 18

10 octubre 2018

 Queridos Sacerdotes, Madre General y Consejo, Religiosas Siervas de María y amigos de la Congregación:

Nos hemos reunido en esta espléndida Basílica de Santa María la Mayor, que guarda para nosotros recuerdos entrañables, para celebrar a los pies de la Madre, la Salus Populi Romani y Salud de los Enfermos, la conclusión del año centenario de la partida hacia la casa del Padre, de la Beata María Catalina Irigoyen Echegaray. Ella es una gloria de la Congregación de las Siervas de María, de la Iglesia, de España y de las mejores esencias católicas navarras.

No es, como sabemos, la Fundadora de las Siervas, que lo fue Santa María Soledad Torres Acosta. Pero ésta fue la que la admitió en la Congregación y de ella recogió el espíritu genuino y la vivencia ejemplar del tipo de religiosa que la Fundadora buscaba.

Permítanme ahora que al principio de estas breves palabras mías haga una simple alusión a una coincidencia que me ha impresionado personalmente: El día 25 de enero de 1970, el Papa Pablo VI, que el próximo domingo será declarado Santo, en la homilía de la Misa en la que proclamó santa a la Beata María Soledad Torres Acosta, comenzó con estas palabras: "En esta hora de tribulación para la Iglesia y de amargura para Nos, he aquí un momento de gran consolación: Maria Soledad Torres Acosta es reconocida y proclamada Santa, es inscrita en el catálogo de los Santos, presentándola a toda la Iglesia terrena como perteneciente a la Iglesia celeste, siendo declarada digna del culto de veneración, porque totalmente unida a Cristo resucitado, participa para siempre de su gloria." Eran de verdad momentos de tribulación para la Iglesia y de amargura para el Papa a causa de las críticas y oposición que estaba recibiendo. La historia se repite de diversa formas y reclama de nosotros, también hoy, la respuesta de cercanía al Papa que ha sido una de las características más visibles de la familia de las Siervas de María en todo momento. Así lo he podido constatar yo mismo en tantos momentos y circunstancias diversas.

Mirando a nuestra Beata María Catalina, descubrimos claramente la obra de Dios en su vida, y su respuesta valiente. Ella, nacida en el seno de una familia bienestante, desde pequeña da prueba inequívoca de amor a la Eucaristía y a la Virgen. Empieza su camino hacia la vida religiosa en Pamplona. Luego en Madrid, donde permanece hasta el fin de su vida. Da ejemplo de entrega generosa a los enfermos, en los que ve a Cristo enfermo. Por eso se arrodilla ante su cama y reza por ellos mientras los atiende con todo cuidado. Es impresionante su derroche de generosidad y de valentía.

Sin ningún miedo al contagio por enfermedades o epidemias que por aquellos años de su vida asolaban España. Ella supo elegir los casos mas difíciles, cuidar su salud, su cuerpo y su espíritu, siempre disponible y sonriente.

Así fue gastando su vida de modo ejemplar hasta que en 1913, se le diagnostica una tuberculosis ósea y después de largos sufrimientos, que aceptó con ejemplar valentía, muere en Madrid, el 10 de octubre 1918.

Durante su etapa de formación quiso ser y, fue, una más. Su pasado vivido en una familia de buena posición no le importaba. Más aún, aceptaba todo y prefería lo más incómodo. Eso sí, sabía bien lo que quería porque su centro era Cristo. Fue una postulante más, pero a pesar de su discreción total, demostraba que el carisma de las Siervas de María, había prendido con toda fuerza en ella, con el ardor de la Fundadora y de San Francisco Javier.

Por ello aprendió bien que debía saber conjugar, en clara síntesis, el estar en la capilla y pasar de allí a la habitación del enfermo. Calaron en su vida aquellas preciosas palabras: "Venid, benditos de mi Padre, porque estuve enfermo y me visitásteis." Era el programa que ponía en práctica cada noche. La noche del dolor en una sociedad marcada por la pobreza, las epidemias, las luchas políticas, el rechazo de lo religioso. Era el encuentro de Cristo en el dolor de los hombres. Y el dolor de las familias de los enfermos que se sienten inseguras y desamparadas, solas y angustiadas.

No resisto a citar aquí un ejemplo de su vida, que es enternecedor. Va ella a asistir a una madre enferma. Su hija, niña todavía, le pregunta qué acostumbraba a cenar. La niñita le prepara como puede una sopa de ajo, un poco de pescado, una taza de café con leche y una barrita de pan. Cuando se lo sirve, la religiosa hace sentar a la niña y le dice sonriendo que lo coma ella, que lo necesita más. Y por la mañana enciende la lumbre y prepara a la niña un café con leche para desayunar. La noche la pasa orando, de rodillas en el suelo, o cosiendo y atendiendo a la enferma. La niña confesaría después: "Nosotros éramos entonces pobres, y no teníamos ni para dar una limosna al convento." Este era el estilo de vida de nuestra Beata, con actos semejantes repetidos en tantas ocasiones.

Y ahora, para terminar, me queda una gran pregunta: ¿Cómo y por qué se puede vivir de este modo? La respuesta la da San Pablo en la carta a los Filipenses (3, 8-14), que leímos hace poco: "Todo lo considero una pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo y todo lo considero basura, con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe.”

San Lucas completa el mensaje, como leímos antes: "Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón." (LC 12, 32-34).

El Papa Francisco nos lo dice con otras palabras: Construid el Reino de Dios en las periferias del dolor, de la pobreza y de la enfermedad. Y nos lo enseña, con su ejemplo vivido, nuestra Beata María Catalina: Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Así, los corazones rectos ayudan a construir, además, el reino de Dios en la tierra, con destellos de la bondad de Dios. Que su ejemplo nos guie y aliente. Amén.

+ Cardenal Santos Abril y Castelló

 

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