SANTA MARÍA SOLEDAD TORRES ACOSTA
RESPUESTA Y CERCANÍA DE DIOS AL HOMBRE QUE SUFRE
Dios quiso iluminar el misterio del hombre y dentro de él, el gran misterio del dolor en la existencia de cada persona, para ello nos envió a su Hijo único quien, haciéndose uno con nosotros, asumió nuestra debilidad. Su nombre es Emmanuel, que significa "Dios con nosotros" vino a habitar entre nosotros para acompañar nuestros sufrimientos e iluminar nuestras tinieblas.
A través del tiempo Dios sigue depositando su luz, la luz de Cristo, en lámparas de barro, personas frágiles y sencillas, para que desde el servicio evangélico, sigan alumbran-do la noche del dolor de los hombres.
Corría el año 1826, cuando el amor de Dios se hacía luz en la vida de una mujer, designada para abrir caminos nuevos en la Iglesia, en orden a hacer manifiesto el amor de Dios a los enfermos. Ella también se llamaba Manuela. Abrazó el dolor de sus hermanos y cambió su nombre por el de Soledad, porque como María y con Ella, junto a la Cruz de Jesús, aprendió a penetrar en el misterio del dolor de los hombres que sólo en Cristo y desde Él, alcanza su sentido hondo y profundo y quiso, siempre con María, permanecer al pie de cada cruz donde los hombres sufren, para acompañarlos y hacer del dolor y de la muerte una ofrenda, presagio de la vida sin fin.
Porque el Señor la llamaba para ser Sierva, revistió su vida de sencillez ya desde los albores. Sus padres, Manuel Torres y Antonia Acosta, se habían instalado en una humilde casa de la calle de la Flor Baja, en Madrid y allí, el 2 de diciembre de 1826, nació la segunda de sus hijos, Manuela a la que seguirían, llenando de gozo el cristiano hogar, otros tres hermanos más.
En ese barrio que cobija con su manto la Virgen de la Soledad, Manuela es bautizada en la Parroquia de San Martín dos días después de su nacimiento, recibiendo con la filiación divina los nombres de Bibiana Antonia Manuela.
En ese su barrio crecerá, abierta sin condiciones al hacer de Dios en su vida, fijando sus ojos limpios de adolescente en la mirada de la Virgen de la Soledad y aprendiendo desde Ella a salir al paso de las necesidades de quienes viven en su entorno. Gestos siempre sencillos van manifestando la grandeza y generosidad de su corazón que la lleva a darse a los demás sin reservas: acoge a los niños y los entretiene el tiempo en el que sus madres deben acudir al trabajo, les enseña a rezar y les imparte catequesis. Busca una ocupación con el fin sostener la situación económica de la familia. Estudia, trabaja y ora, pero sobre todo vive pendiente de lo que el Señor tenga a bien manifestarle sobre el destino de su vida, que ella desea consagrársela sin reservas.
Cuenta 25 años cuando llama a las puertas del convento de las Dominicas, de la Plaza de Santo Domingo, cercano a su casa, que le resulta tan familiar… allí se venera el lienzo de la Virgen de la Soledad, ante el que tantas Ave Marías ha desgranado y ante el que ha ido forjando sus anhelos de ser, como María, toda para el Señor. Se admite su solicitud, pero tendrá que esperar hasta que en el convento se haga una vacante.
La espera se hace larga arrancando de su corazón la más confiada plegaria: "Señor si la tardanza en abrirme las puertas de vuestra casa es para probar mi constancia, esperaré, pero si es que queréis otra cosa, mostradme vuestra santa voluntad" y Dios que siempre se le mostró cercano, porque ella lo descubría con su mirada limpia en todo el acontecer de su vida, no tardó en manifestarle lo que de ella esperaba: le llega la noticia de que en otro barrio de Madrid, Don Miguel Martínez, Párroco de la Iglesia de Chamberí, proyecta organizar una asociación que con el nombre de Siervas de María y bajo la protección de la Virgen de los Dolores se dedique al cuidado de los enfermos, preferentemente en sus domicilios.
Presenta Manuela a Don Miguel sus deseos de incorporarse a la naciente obra y Don Miguel la admite para completar con ella las siete candidatas que ha fijado para iniciar la obra el 15 de agosto, ateniéndose así, en lo posible, al esquema de fundación de los siete Siervos de María, de cuya orden se profesa terciario. Es el año 1851, y en ese día de la Asunción de Nuestra Señora, Manuela pasará a llamarse María Soledad.
Como Superiora de la naciente Institución es nombrada María de la Providencia, las otras seis se dedican sin reservas al cumplimiento de su delicada misión. Son los años escondidos de Madre Soledad, es el tiempo en el que el Espíritu va moldeando su alma. Libre de toda responsabilidad de gobierno, se entrega por entero al servicio de los enfermos. Su paso por los hogares que visita, deja huella por su abnegación, su entrega, sencillez y su espíritu de sacrificio. Día tras día va descubriendo la grandeza de la misión a la que ha sido llamada, con la que se identifica plenamente y a la que ama sin reservas.
Por ser la más joven y la última de las asociadas, permanece en el anonimato, dedicada a descubrir en el rostro de cada enfermo, los rasgos de Cristo sufriente y a cuidarlo como Cristo se merece. Se hace así experta en el respeto y en el amor hacia quienes Dios va poniendo en su camino.
Pequeña de estatura, sencilla y humilde, como destinada a servir al hombre que sufre, es toda ella escucha, acogida, silencio y servicio. Como María de quien se confiesa Sierva, guarda todo en su corazón y ora buscando la respuesta y el gesto que conforta y sostiene, mientras que en su espíritu, siempre dócil, se va esculpiendo el talante y el perfil que constituyen a la Sierva de María. Cinco años de recio y silencioso aprendizaje que la autorizan como Maestra y guía de la naciente Institución.
La misión es tan hermosa como nueva en la Iglesia pero, al Fundador le falta la experiencia sobre la organización que la vida conventual lleva consigo y las candidatas carecen de esa formación tan necesaria para mantenerse en el nuevo género de vida que han iniciado, no todas están curtidas en las dificultades que una fundación conlleva. Así es como las privaciones, la escasez material de los principios y las duras horas de trabajo dedicadas a la atención de los enfermos, aca-barán con la resistencia de las seis primeras Siervas de María que figuraban como iniciadoras. A los cinco años de la Fundación sólo la más joven, María Soledad, permanece fiel y segura en el nuevo camino iniciado.
María Soledad, sola, porque hasta el Fundador, dejará de lado lo que con tanta ilusión había iniciado, sintiéndose llamado a evangelizar las tierras africanas de Guinea, no sin antes embarcar en la misma empresa misionera a doce de las Siervas que constituyen la parte más activa de la Congregación.
Es grande la fe de Madre Soledad y no pasan desapercibidas ante Don Miguel las profundas virtudes que posee, por eso ante su disponibilidad para engrosar el número de la expedición misionera, con visión profética, le recomendará: "quédate aquí Soledad, que si te vas la Fundación perece".
Con temple recio y espíritu firme, supo sobreponerse a las mayores dificultades, sortear graves peligros, sufrir no pocas humillaciones, emprender grandes empresas, todo para sacar a flote el naciente Instituto a punto de naufragar, sabiendo que en ello estaba en juego la gloria de Dios y un gran bien para la Iglesia. Ella cree firmemente en el futuro: "La Congregación es obra de Dios. No, no puede morir, Dios mismo abrirá puertas de claridad… vendrán tiempos mejores". Y llora y reza mientras resiste con santa terquedad: "Seamos las últimas piedras que se desmoronen de este edificio".
Sólo su inquebrantable confianza en Dios, sus ininterrumpidas plegarias, su ternura más que maternal, su celo y desvelo por custodiar a aquellas que el mismo Señor le había confiado como Hermanas e Hijas, fueron capaces de aunar voluntades desalojando de ellas rencillas, tensiones y desalientos. Se le encomendó una gran y delicada responsabilidad al ponerla al frente de la Congregación, y la asumió con sencillez y humildad, convencida de su pequeñez pero, con la firme resolución de no tambalear ni volverse atrás. Era Dios el que llevaba en esta obra las riendas y ella llegaría hasta donde Dios quisiera llegar en su afán miseri-cordioso e infinito de aliviar el océano inmenso del dolor humano. Su exquisita caridad la llevó a entregarse, sin reserva alguna. En ella, humildad y trabajo se funden en la única y misma realidad, la caridad.
El año 1867, el Instituto recibe el Decreto de alabanza. A partir de este mo-mento comienza una intensa e ininterrumpida acción fundacional, tan rica y fecunda que al llegar al final de su vida, cansada pero gozosa, deja a la Congregación con el repleto bagaje de 41 Comunidades, que no se limitan sólo a la Península española, sino que se extienden allende los mares, en un afán misionero imparable y que no conoce fronteras, razas ni condición social.
El Padre Minguella, OAR, gran conocedor de Madre Soledad, nos describe así su perfil de Fundadora y su temple recio de mujer de fe: "Su confianza en Dios era ilimitada y gracias a esta confianza, llevó a término fundaciones que, por las circunstancias de los tiempos, la carencia de todo recurso y la oposición que a veces surgía de parte de las mismas autoridades, hubiesen arredrado a quien estribara en la prudencia humana, a quien no hubiera sido Madre Soledad".
Desde esta fe inquebrantable Madre Soledad llevó a cabo la fundación de Valencia en plena revolución, siendo los primeros asistidos los heridos que se desangraban en la barricadas y a donde las encaminó el presidente revolucionario al percatarse que era la caridad sin distinciones políticas ni sociales, la que movía a aquella sencilla mujer que solicitaba un permiso de fundación.
Tampoco puso freno a sus deseos el hospedaje que el Obispo de Almería, Don José Orberá, les dio a su llegada en el cementerio de la ciudad. Porque nunca para ella la muerte tuvo la última palabra. Allí se estableció y pronto, en el barrio de Belén, brotó la esperanza y surgió la luz y la vida a raudales.
Madrid entero será su casa cuando en el verano de 1885, se hace presente el cólera morbo y, conforme la epidemia se propaga, así se dilata la acción caritativa de las Siervas de María. Ni tiene límites el contagio ni conoce enmarques geográficos la caridad, ni se tienen en cuenta los horarios de des-canso mientras la epidemia no se detenga. Se multiplican las solicitudes desde Valencia, Zaragoza, Cádiz, Almería, Alsasua, Tarifa. Madre Soledad pone en primera fila a sus hijas y se despliega tanta generosidad y valentía para atender a los afectados que humanamente más no se puede esperar. Las instrucciones que en estas circunstancias da a las Superioras de las casas en caso de presentarse en la población el cólera, son un modelo de buen sentido y de libertad de espíritu: al lado de los consejos prácticos sobre alimentos, síntomas y medicación, dice a las Siervas que obren con energía y caridad, supeditando las Reglas a la urgencia de estos casos.
En los meses de junio y julio la situación se agrava de tal forma que es imposible responder a tantas peticiones. Madre Soledad llora sintiéndose impotente para cubrir tanta necesidad. Las hermanas renuncian a dormir por ir de casa en casa. La Madre vacía el convento de ropas, alimentos y hasta del escaso dinero que les queda. Pone una especie de retén por la noche. Sobre colchones, en la portería, dormía ella y cuatro hermanas para atender los casos de urgencia que se presen-taban y allí descansaban las que llegaban a deshora… todo para ganar tiempo a la devastación que el cólera sin descanso sembraba… todo para poner un signo de amor en tanta angustia y desolación.
La seguían sin condiciones, las Siervas de María, porque cuando la Madre pre-sentaba una iniciativa, siempre la veían en primera fila, entregada como la que más.
Vivía Madre Soledad con sublime sencillez estas grandes empresas, pero, vivía incansable y con la misma entrega los pequeños detalles de la vida comunitaria: pendiente de lo que cada hermana pudiera necesitar. Atenta al momento en el que salían de casa a cuidar a los enfermos, solícita por suministrar desde su pobreza, aquello que era una carencia en el enfermo y su familia. Vigilante en el momento en el que las Hermanas volvían a casa para abrirles ella misma la puerta, atender a sus necesidades, escuchar sus preocupaciones y mirar por su descanso… Cuantos la conocían admiraban su entrega y ese su saber pasar desapercibida, siendo sólo su acendrada caridad la que la distinguía entre todas sus hijas. En su vivir diario, había un algo de sobrehumano, de sencillamente divino, era como el reflejo de Jesús manso y humilde de corazón; como si la misericordia y la cercanía de Dios llenaran su vida y se desbordaran en su trato.
Era el mes de septiembre de 1887, Madre Soledad presiente que su fin está ya cercano. No es la enfermedad física la que deteriora su salud. Había mantenido día tras día una lucha titánica para hacer frente a un sin fin de obstáculos, siempre en Cristo y desde Cristo, guiada por esa certeza personal que tantas veces le hacen manifestar en sus cartas: "Dejen su obra en manos del Buen Jesús, Él sabe sacar aceite y miel de las peñas más duras". "Todo lo hace Dios, no tengan pena por nada, pues Dios que cuida de las aves del campo; mejor, mucho mejor cuidará de sus Siervas"… Su confianza en Dios y su firmeza de voluntad, han acrecentado sus fuerzas y han dado una amplitud infinita a su horizonte, pero su frágil constitución comienza a resentirse y en su correspondencia de mayo de 1887, deja entrever que no se encuentra bien. Sus despedidas son todas muy perecidas: "No puedo más por hoy, pues tengo bastante cansancio y el pulso está algo mediano". "Sin tiempo ni ganas para más, por estar unos días delicada… no puedo más". "No puedo más por hoy, hija mía en el Señor, tengo el pulso que no puedo continuar".
Cae rota pero, tan acostumbrada está a la lucha que, ni ella misma se puede creer que su actividad tenga que detenerse. Se negaba a darse por vencida y reconciliarse con aquel pobre jergón de paja a ras de tierra en su celda, que sabía más de sus horas de vigilia que de sus cortos ratos de descanso.
El 28 de septiembre se le manifiesta una fiebre alta, acompañada de gran fatiga y dificultad respiratoria que le obligan a acostarse. Aún intenta Madre Soledad, por tres veces, levantarse para contestar unas cartas que tiene pendientes; la última vez está tan postrada que para alcanzar la cama tiene que ser ayudada por las hermanas.
El día 3 de octubre ella misma pide los sacramentos. El viático desea recibirlo a hora intempestiva, a fin de que no se apuren sus hijas y se le administra a las tres de la mañana del día cuatro.
Es el 10 de octubre cuando toda la Comunidad pasa a besar la mano en señal de despedida. Madre Soledad, grabando con una mirada detenida el rostro y el alma de cada una de sus hijas presentes, les dice: "Hijas mías, les pido que se tengan mucha caridad fraterna y que guarden bien las santas reglas".
Según se acerca el final se la ve como sumida en oración. Al amanecer del día 11 entra en agonía, pero se conserva lúcida; no dice nada si no se le pregunta: recogida, abandonada y alerta. Confiada porque toda su vida ha sido un hacer frente a la muerte, sabiendo que ésta es un paso hacía la vida.
Son las 9 de la mañana del día 11 de octubre de 1887, cuando expira con rostro apacible y hasta risueño. Su vida se redujo a 61 años, cargados de sencillez, amor y valentía, pendiente de decir siempre SI a Dios, convencida de que nunca se le iba a pedir nada superior a sus fuerzas y de que en cualquier propuesta, Dios iba siempre delante abriendo caminos. Sí, su vida fue un derroche de audacia y entrega, como es toda vida que ha experimentado que Dios nunca se deja vencer en generosidad porque nos sigue amando hasta el extremo.

